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Sin Dios y sin solidaridad humana, deportista se mata al no soportar la depresión

Por Gilberto Anticona

A los 23 años, Kelly Catlin era una deportista de alta competitividad. Tenía en su haber tres títulos mundiales en ciclismo de persecución por equipos, medalla de plata en las Olimpiadas de Río 2016 y medalla de bronce individual en los campeonatos del Mundo 2016 y 2017.

Hace dos días se suicidó víctima de la depresión, al no poder compatibilizar sus actividades deportivas con sus estudios de posgrado en la universidad de Stanford en California.

La muerte de esta deportista ya había sido escrita por ella misma. Fue, como decía el título de una novela de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.

“Como atletas, estamos socialmente programados para ser estoicos con nuestro dolor y soportar nuestras cargas, sin quejarnos incluso cuando ese estoicismo alcanza la estupidez y esas cargas comienzan a hacernos daño”, había señalado en una de sus misivas sobre su vida.

Catlin era estudiante de posgrado en matemáticas computacionales en Stanford, ciclista de pista y ciclista profesional de ruta, y pensaba que para conjugar el conjunto de sus actividades había que “viajar en el tiempo para lograr hacer todo”.

Ella sabía que tarde o temprano todas estas actividades terminarían por derrumbarla. Aun así trató de aconsejar a otros jóvenes como ella a que intentaran balancear todos los aspectos de su vida, aunque a veces se confesara a sí misma que era prácticamente imposible, como cuando se preguntaba con inquietud: “¿Cómo logro equilibrar tres competitivas carreras? Fácil, no las equilibro”, se respondía.

En un artículo, meses antes de suicidarse, Kelly recuerda que en plena celebración, luego de haber conseguir el segundo lugar en una copa mundial, tuvo que sufrir un duro golpe anímico; fue cuando Stanford le comunicó que tendría que repetir el examen de análisis estadístico, pues había desaprobado la materia.

Para su tendencia suicida, oscura y nihilista, al decir de su hermana Christine Catlin, todo esto abonaba a la idea del suicidio, puesto que anteriormente ya había sufrido una serie de accidentes que culminaron con la rotura de un brazo y conmoción cerebral que afectaron su entrenamiento.

En enero de este año ya había intentado matarse. Su comportamiento no era el mismo, tenía dolores de cabeza, era sensible a la luz y sus pensamientos “estaban acelerados todo el tiempo”, según confesó su hermana al Wanshington Post.

Aunque los especialistas dicen que las conmociones cerebrales como la que padecía la deportista se vinculan a la Encefalopatía Traumática Crónica (CTE), cuyos síntomas son pérdida de memoria y cambios en el humor, el padre de Kelly ha considerado que la muerte de su hija se originó debido a una “tormenta perfecta” depresiva que oprimía a su hija por tanto deporte y estudio.

Entrenamientos, competiciones, accidentes, estudios de posgrado, frustración por resultados académicos, viajes, etc., son ciertamente condicionantes para propiciar la destrucción de algunas vidas agitadas.
Sin embargo, nosotros pensamos que lo que finalmente mata a Kelly fue la resultante de un corazón vacío ante la ausencia de Dios, aunado todo esto a la falta oportuna y precisa de la solidaridad humana que la hubieran llevado a tomar un rumbo diferente en su vida, y no aquel que la condujo a culminar con su existencia.

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