CEV: En Venezuela los oprimidos son la mayoría del pueblo sin distinciones

La iglesia Católica de Venezuela, a través del presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana,  monseñor Diego Patrón, lanzó  un duro ataque al sistema político existente en su país, que llevó a que hoy, “como en tiempos de Jesús, los oprimidos son la mayoría del pueblo, sin distinciones de clase o ideología. El anuncio”.

“Lo que por ahora sucede en el país constituye una burla trágica de aquel fracasado intento, porque el actual Gobierno, no democrático en sus decisiones, actuaciones y proyectos, no es tampoco legítimo en su desempeño”, afirmó monseñor Diego Patrón, presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana,  en la instalación de la CIX Asamblea Ordinaria Plenaria del Episcopado Venezolano

“La asamblea nacional constituyente, agregó,  es un engendro estratégico de carácter político que no es ni originaria, ni plenipotenciaria, puesto que lo originario es sólo el poder soberano del pueblo. Todos los demás poderes son constituidos y están regulados por la Constitución vigente hasta tanto el pueblo, en consulta, decida y manifieste que quiere darse una nueva constitución, mediante sufragio universal y directo que lo confirme”

Durante el discurso central en la instalación de la CIX Asamblea Ordinaria Plenaria del Episcopado Venezolano, monseñor Patrón  señaló “… no hay que resignarse o acostumbrase al mal que viene de las decisiones erradas… “.  “La primera reacción ha de ser de rebeldía interior, como signo de “salud moral…  “No hay, por tanto, que someterse, ni resignarse ni renunciar a la calidad de vida a que todos tenemos derecho. Reproducimos en las siguientes líneas parte de su discurso:

Conferencia Episcopal Venezolana

PANORAMA NACIONAL

Balance del año 2017

El año 2017 los venezolanos no lo hemos vivido; ante todo, lo hemos sufrido. Entre Abril y Julio más de 130 muertos, 1500 heridos y miles de detenidos, llevados a la cárcel ilegalmente. En los últimos meses ha crecido y se ha extendido de modo acelerado el malestar general del país. La comida y la medicina no sólo escasean sino que, cuando aparecen, aumentan exorbitantemente de precio cada día.

Pero no hay que resignarse o acostumbrase al mal que viene de las decisiones erradas, de la violencia, la injusticia o la mentira. La primera reacción ha de ser de rebeldía interior, como signo de “salud moral”. Porque estos males, y el mal en sí mismo, cuyo origen está fuera del ser humano, no son, en modo alguno, creación de Dios, sino que fueron sembrados de noche, por el Maligno, como la cizaña, en el corazón del hombre (cf Mt 13,24-30), cuando éste, engañado, decidió apartarse de Dios, fuente de todo bien, para seguir un camino errado.. No es pues, Dios el que inflige daño a los hombres sino el hombre mismo cuando actúa con un corazón torcido, una inteligencia distorsionada, una voluntad seducida No hay, por tanto, que someterse, ni resignarse ni renunciar a la calidad de vida a que todos tenemos derecho.

El sufrimiento actual del pueblo venezolano es de carácter ideológico, ético-político y económico. La raíz del sistema político que nos gobierna es el marxismo castrista, traducido en criollo como “Socialismo del Siglo XXI”, repetidas veces denunciado por nosotros, pastores, en nuestros documentos. De esa raíz ideológica nacen una política económica equivocada, científicamente desactualizada, técnicamente superada e históricamente fracasada en cuantos países ha sido lamentablemente aplicada, una organización política de manifiesta intención excluyente, una inclinación a perpetuarse en el poder y una política histórico-cultural y comunicacional de talante fiscal y centralizador.

Es bueno refrescar la memoria y tener presente que fue justamente la lucha contra la corrupción, el argumento principal que invocó en 1992 la nomenclatura cívico/militar que hoy nos rige, para irrumpir contra el Gobierno legítimo y democrático del momento. Lo que por ahora sucede en el país constituye una burla trágica de aquel fracasado intento, porque el actual Gobierno, no democrático en sus decisiones, actuaciones y proyectos, no es tampoco legítimo en su desempeño.

La asamblea nacional constituyente es un engendro estratégico de carácter político que no es ni originaria, ni plenipotenciaria, puesto que lo originario es sólo el poder soberano del pueblo. Todos los demás poderes son constituidos y están regulados por la Constitución vigente hasta tanto el pueblo, en consulta, decida y manifieste que quiere darse una nueva constitución, mediante sufragio universal y directo que lo confirme.

La Iglesia es pueblo

La Iglesia, aunque por naturaleza trasciende toda noción étnica de “pueblo” y no puede identificarse con ninguno en particular, es también “pueblo”, tanto en el sentido religioso-cultual como en el político-social, por ser una amplia comunidad, encarnada en la cultura y abierta a todos, pero que se distingue de la sociedad común. . Ella levanta su voz, la de sus fieles y pastores, en defensa de la vida y de los derechos del mismo pueblo. Esta postura es una opción justa y necesaria de la Iglesia en Venezuela; es lo propuesto hace cincuenta años por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín y más recientemente por el magisterio pontificio, y hoy, particularmente, del Papa Francisco.

A nosotros, Pastores, nos preocupa sobremanera la vida de nuestro pueblo: su salud, su alimentación, sus medicinas, su seguridad, su empleo, su educación, pero de modo particular, su identidad espiritual de autenticidad cristiana y su consecuente vida moral. Nos duele la situación inhumana en que viven la mayoría de los presos, comunes y políticos, acrecentado este dolor con la pena de que el sistema penitenciario ni siquiera nos permite visitarlos.

Las consecuencias socio-políticas del anuncio del Evangelio.

La Iglesia no tiene como tarea propia el cambio directo de las estructuras sociales y políticas por sí mismas en cada pueblo o nación sino, ante todo, el anuncio del Evangelio. Pero como consecuencia inmediata de ese anuncio, el discernimiento de su identidad y misión a partir de una opción explícita por el pueblo pobre y su cultura.

A su vez, el anuncio evangélico, si es íntegro, conduce a la liberación del pueblo de cualquier clase de opresión, política, social, moral o económica. La Iglesia, por tanto, no es neutral ni en el anuncio ni en su praxis evangelizadora. Los destinatarios de su mensaje y su acción son, en primer lugar, los pobres, los oprimidos y los excluidos. Ella tiene sus preferencias, aunque no excluyentes, como las tuvo el mismo Jesucristo. El inauguró su misión profética y evangelizadora en la sinagoga de Nazaret con este llamativo anuncio liberador: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado con su unción para anunciar a los pobres la Buena Nueva; me ha enviado a proclamar la liberación de los oprimidos, a dar la vista a los ciegos, a poner en libertad a los presos y a proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19).

Jesús –comenta el Beato Papa Pablo VI -como núcleo y centro de su Buena Nueva anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre (cf Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 9).

Hoy en Venezuela, como en tiempos de Jesús, los oprimidos son la mayoría del pueblo, sin distinciones de clase o ideología. El anuncio evangelizador, por consiguiente, no puede desentenderse de la suerte de nuestro pueblo ni dejar de apoyar todo lo que evangélica y legítimamente lleve a su liberación. Este es uno de los principales desafíos de nuestra Iglesia en el momento actual. Un desafío que no nace de una opción política sino del corazón mismo del Evangelio, del corazón de Cristo, pues, junto a las Bienaventuranzas del Reino de Dios, su proclama imperecedera es: Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré (Mt 11,28).

En la actual coyuntura –escribe Mons. José Luis Azuaje Ayala, actual primer Vicepresidente de esta Conferencia Episcopal- los Obispos han sido conscientes de lo que sucede en el país, han compartido diagnósticos con diversos sectores, han asumido responsabilidades que quizás se sitúan en la frontera de su misión, y han sufrido también los vaivenes del mundo de la coyuntura política por decir verdades que duelen y que muchas veces no se quieren oír.

Y concluye con esta cita de la Encíclica de San Juan Pablo II, Pastores de la grey: Ante estas situaciones de injusticia …, que abren inevitablemente la puerta a conflictos y a la muerte, el Obispo es defensor de los derechos del hombre…Predica la doctrina moral de la Iglesia, defiende el derecho a la vida desde la concepción hasta su muerte natural…., asume la defensa de los débiles, haciéndose voz de los que no tienen voz para hacer valer sus derechos… (PG, 67) (J.L. Azuaje: El magisterio episcopal ante una realidad interpelante, Cáritas de Venezuela, Colección Mensaje Social 2, Caracas, 2009.

Esta Conferencia Episcopal ha intentado, y en parte lo está logrando, ofrecer al país, desde Cáritas, Invecapi y Apep una ayuda efectiva e inmediata en alimentos, medicinas, educación y capacitación para el trabajo. No se ha quedado en el mero asistencialismo. Ha implementado el análisis, la investigación y diversos programas socio-educativos, todos vigentes. Marca pauta en este momento el Programa SAMAN, de Cáritas, es decir, el Sistema de Alerta, Monitoreo y Atención en nutrición y salud, cuya finalidad es librar a los niños comprendidos entre 0 y 5 años de edad de la desnutrición galopante. Este programa hace ver la inhumana realidad de centenares de infantes, ayuda a las familias de menos recursos y alerta a la población y al Gobierno sobre los riesgos de predecibles enfermedades cerebrales que pueden causar estragos –ya hay, desgraciadamente, más de un indicio en ese sentido – en una generación que da sus primeros pasos para incorporarse sana e integralmente a la sociedad.

Proceso de negociación política.

Aunque el problema fundamental de Venezuela no es sólo político, los venezolanos hemos dejado que la política lo invada todo o casi todo, lo coloree y lo determine. De tal modo que si cambia la política, todo o casi todo cambia. El proceso de negociación política que está previsto continuar en República Dominicana dentro de pocos días es en sí válido y necesario, porque la búsqueda de entendimiento entre adversarios, en concreto el Gobierno y la representación partidista de la Oposición democrática, es razonable, y se justifica en la medida en que contribuya a cambiar la calamitosa situación del país. Una negociación sin resultados favorables para el pueblo sería un fracaso.

No obstante, este proceso de negociación no tiene el favor mayoritario del pueblo. Genera, por el contrario, suspicacia, pues el pueblo no tiene confianza ni en los actores ni en la claridad de los objetivos ni en la consistencia de sus condiciones. Ha faltado comunicación asequible y transparencia sobre todo el proceso. Nuestro mejor deseo, sin embargo, es que la negociación llegue a un acuerdo creíble, ponderado y realizable: por ejemplo, la reestructuración equilibrada del Consejo Nacional Electoral (CNE) y la garantía internacional de las elecciones presidenciales libres, justas, y confiables, en un clima de suficiente paz social sostenida por el respeto efectivo al pluralismo y la diversidad.

Si la negociación no llega a un acuerdo, reitero, aumentarán la desilusión de la gente y la amenaza de que se suelten los demonios del poder.

Las protestas por el hambre.

Desde hace algunos días, en numerosos sitios del país, se vienen realizando contra el régimen manifestaciones de protesta, con destrozos y saqueos de negocios, motivadas por el desabastecimiento de alimentos y gasolina. Puede decirse que se va desarrollando paulatinamente en el país un proceso de convulsión social.

El hambre de un pueblo, en particular, no se logra resolver estructuralmente ni con bolsas de comida, ni con bonos mensuales. Estas son medidas de emergencia aplicadas en poblaciones que han sufrido grandes inundaciones, terremotos y tsunamis. Esas bolsas si, por una parte son un paliativo, por otra crean hábitos de mendicidad. A este desastre económico, cuyos nefastos resultados padecemos todos, sin distinción, se añade la más inescrupulosa corrupción en los dominios del oficialismo y en su vecindario dependiente. ¡Un cuadro dantesco! O los tribunales del país la castigan con justicia o se escribirá en el frontispicio de los mismos aquella sentencia condenatoria de la Divina Comedia: Lasciate qui ogni speranza!

Puesto que los pronósticos de los analistas e intérpretes sociales son desalentadores para los días por venir, es tarea de los venezolanos, encontrar la justa y pronta respuesta al hambre en la solidaridad. ¡A los cristianos, la caridad de Cristo nos urge a socorrer a los más necesitados! (2 Co 5,14). Y nos obliga también en conciencia a evitar acciones que contribuyan a aumentar la violencia, dañar la propiedad ajena y responder con odio y con armas las injurias sufridas. El perdón y la reconciliación son la base de la solidaridad y la paz.

Conclusión

Los Obispos comenzamos hoy nuestra Centésima Novena Asamblea Ordinaria con profunda fe en el Dios liberador y con gran fe en el pueblo venezolano. Sabemos de su nobleza, de su jovialidad para enfrentar los reveses, de su capacidad de resistencia frente a dictaduras y malos gobiernos, de su espíritu indómito con el que canta: sobre la tierra, la palma y sobre la palma, los cielos; sobre mi caballo yo, y sobre yo mi sombrero. Un pueblo, sobre todo, que profesa su fe, y hace su camino con Dios y la Virgen.

Muchas gracias.

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