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Venezuela: crónica de un país secuestrado (opinión)

por Gustavo Romero Umlauff ()

El anuncio de una nueva postulación de Nicolás Maduro a la Presidencia de Venezuela revela el pronóstico de una nación burlada por una supuesta “revolución bolivariana” sostenida sólo con la ficción de una distribución equitativa de los ingresos petroleros, de la lucha contra la corrupción y la pobreza y de la ética de servicio al pueblo, entre otras, que simplemente constituyeron falsos juramentos para justificar su obscena permanencia en el Poder.

La asonada chavista contra todas aquellas estructuras de un Estado democrático en Venezuela no sólo ha sido grotesca sino, además, despiadada, devastadora y brutal. Las estrategias de Maduro y sus secuaces -en su perseverante afán de mantenerse en el Poder- ha sido la de sabotear todos los intentos de una frágil y pusilánime oposición en sus vanos intentos por hacerse de la dirección política y encaminar esta nación.

Aunque explosionaron las revueltas y la hiperinflación se haya desatado en forma vertiginosa llevando a todo un país, que alguna vez gozó de una economía envidiada por sus vecinos de la Región, se ha convertido –ahora- en una de mera supervivencia. La cúpula chavista insiste no sólo en un proyecto político fallido sino también en la instalación de un régimen de pandillaje.

El componente del régimen es la decisiva marcha hacia un bien administrado caos frente a las torpes maneras democráticas de una amedrentada oposición, cuyo destino sigue siendo la interna lucha por encontrar una tradicional fórmula ante las urnas, como si la voluntad mayoritaria del pueblo venezolano sólo podría expresarse de esta forma. Claramente la táctica del régimen de Maduro sigue siendo doblegar a una oposición sin rumbo y crear una atmósfera de arbitrariedades y agravios, colapsando las pocas instituciones democráticas que permanecen en pie.

Pese a que la indignación de un pueblo, reflejado en multitudinarias manifestaciones en las calles, el descalabro de las arcas públicas -antes boyantes- y ahora sólo sostenidas por encadenadas reprogramaciones de sus adeudos, los cuantiosos empréstitos impagables, la falta de alimentos y medicinas, el masivo éxodo de sus ciudadanos en busca de mejores oportunidades de vida y el rechazo de gran parte de la comunidad internacional, el presidente Maduro no quiere dejar el Poder ni parece próximo a una obligada renuncia y, menos, a una remoción.

En este dramático escenario, resulta desconcertante que la maquinaria que permite sobrellevar a un trastornado presidente a toda costa que, en cualquier parte del Mundo, habría sido depuesto, el grado de poderío que cuenta la cúpula. Todo hace indicar que los pilares que sostienen el régimen no pasan sólo por contar con instituciones democráticas que sean dirigidas por sus adictos sino, fundamentalmente, por el soporte absoluto de las fuerzas armadas de ese país.

Desde que Hugo Chávez llegara al Poder empezó a perfilarse una alianza cívico-militar, una noción que tanto dictaduras populistas como partidos de extrema izquierda han empleado para lograr su soporte de gobierno; pero que Maduro ha llegado mucho más allá, ampliando sus competencias copando los ministerios, las actividades productivas, la renta petrolera y la distribución de alimentos para que su grupo siga sirviéndose del Estado en agravio de sus propios ciudadanos. El pronóstico de este país secuestrado, entonces, no es auspicioso. La crisis en Venezuela tendrá que seguir el fatal destino de una mayor confrontación interna, de una cruel represión y de una mayor ruina social y económica.

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