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Los hombres valientes no se suicidan, enfrentan las consecuencias de sus actos [opinión]

Por Gilberto Anticona

Es complicado escribir sobre las decisiones que toma un ser humano para suicidarse. Eso le corresponde a psicólogos, y más seguramente,  a los psiquiatras. Pero, en todo caso, el suicidio no es un acto de valor, todo lo contrario, sino de cobardía. La persona que se autoelimina quiere escaparse de sus problemas,  huir de la realidad, tiene incapacidad para enfrentar las consecuencias de sus actos, entre otras motivaciones.

Hitler se suicidó acusado por su propia conciencia de maldad y crímenes que tenía sobre sus hombros, con millones de por muertes de medio, deportaciones y expropiaciones.

¿Qué temores cargaba  sobre sus hombros Alan García o qué escondía para tomar una decisión tan grave que lo llevó a dispararse un tiro a la cabeza? Solo él y su  conciencia lo saben, y claro los historiadores, jueces, fiscales y la prensa que hurgó entre las acciones cuestionables de sus dos gobiernos y en su accionar como persona.

Alan García tenía una personalidad complicada. Con un primer gobierno para el drama nacional, devino luego en un segundo en el que tuvo la oportunidad de reivindicarse de las acusaciones que por corrupción le llovieron entre 1985-1990, sin embargo no lo hizo, y por eso su segundo mandato estuvo salpicado también de acusaciones diversas sobre corrupción y deshonestidad en compras y licitaciones, lo que echó al traste lo bueno que pudo conquistar entre el período 2006-2011.

El verdadero drama

Sin embargo, el verdadero drama personal para Alan García empezó cuando perdió la batalla por el asilo en la embajada de Uruguay y se le determinó impedimento de salida del país. Para su ego monumental, eso era inaceptable. No comprendió que las relaciones políticas contemporáneas, aquí y en el mundo entero, se rigen por el poder, y él no lo tenía como expresidente.

Aun así, García continuó en los avatares de la política criolla con una exasperación inentendible, tratando de justificarse a sí mismo como un personaje impecable e intachable y criticando a sus opositores, con una dureza a veces sorprendente que en un momento incluso lo llevó a expresar a sus acusadores: “Demuéstrenlo, pues, imbéciles”.

Eso ya fue el sumun (el colmo) de una agitada vida y de su personalidad impredecible. Implicaba una situación interna tal como al borde del precipicio.

Luego vendría el mazazo de parte del pool de fiscales y jueces del caso Lava Jato cuando se tomó la decisión de detenerlo preliminarmente por sus vinculaciones con diversos casos de corrupción, en especial por los casos Nava y Atala y el caso de la conferencia por cien mil dólares. Si el fiasco de la embajada y el impedimento de salida habían resultado elementos condicionantes para alterar su personalidad, él no toleraría bajo ningún punto de vista una carcelería. No la aceptaría jamás. Pidió permiso al fiscal y los policías que  lo intervinieron en su residencia de Miraflores, cogió una pistola y se descerrajó un tiro en la cabeza.

No enfrentó las consecuencias de sus actos

Dicen que los hombres y mujeres verdaderamente valientes no se suicidan. Afrontan de pie y con entereza las consecuencias de sus actos. Lo han hecho Humala, Nadine y Keiko, quienes enfrentaron a su manera el dolor de la cárcel y la ausencia de sus pequeños hijos. Lo está haciendo PPK. Enrique Cornejo acaba de dar una muestra de coraje al presentarse voluntariamente ante los fiscales al conocer la orden de detención.

Ninguno de estos personajes pidió asilo, ni fugó, ni se escondió, mucho menos intentó atentar contra su vida ante la contrariedad que significa la prisión o el asesinato mediático, tan fatal cuando la ejerce en coro polifónico alguna prensa irresponsable. No. Ahí están. Y sea el resultado que les tenga reservado la justicia peruana, seguramente no aparecerán ante la historia como espíritus huidizos y cobardes.

Pensábamos que Alan García sería detenido en algún momento y que su  verbo fenomenal le permitiría sortear sus acusaciones más graves. Jamás esperábamos el  colofón de la muerte a propia mano.

Descansa en paz, expresidente, en las mansiones oscuras del Hades donde todos llegaremos por igual algún día.

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