El título de Buse es un premio al sacrificio personal y familiar, no el resultado de una estructura formativa nacional masiva
Ignacio Buse. La arcilla de Alemania fue testigo de una auténtica hazaña. Al vencer al estadounidense Tommy Paul en la final del ATP 500 de Hamburgo, Ignacio Buse inscribió su nombre en los libros de oro del deporte nacional.
Siete victorias consecutivas desde la fase de clasificación, un tenis de altísimo vuelo y un salto meteórico al puesto 31 del ranking mundial configuran un hito innegable.

Orgullo legítimo
Sería un grave error periodístico restarle un ápice de importancia a este triunfo o subestimar la enorme complejidad de una disciplina tan exigente y respetable como el tenis.
Lo logrado por el «Nacho» nacional en el extranjero es un orgullo legítimo. Sin embargo, más allá del entusiasmo y los aplausos, esta consagración obliga a un análisis riguroso y sin concesiones: la realidad es que, estructuralmente, el tenis no es un deporte representativo para el Perú.
Reconocer este panorama no implica menospreciar el deporte de la raqueta, sino poner en su justa dimensión el enorme mérito de nuestros atletas. El tenis peruano ha vivido históricamente de milagros individuales y no de un sistema.
Antes de Buse, fueron las batallas de Juan Pablo Varillas en Roland Garros; décadas atrás, las genialidades de Luis Horna o la jerarquía de Jaime Yzaga. Todos ellos demostraron que el deportista peruano posee una estirpe competitiva de nivel mundial.
Sin embargo, todos comparten una constante: son excepciones a la regla, «islas de excelencia» que emergieron gracias al sacrificio personal y familiar, y no como resultado de una estructura formativa nacional masiva.
La representatividad de una disciplina se mide en su penetración popular y en el acceso democrático a su práctica. En el Perú, el tenis está muy lejos de cumplir con estas variables, manteniéndose como una actividad de nicho, encapsulada en un circuito mayoritariamente privado.

Práctica limitada
Mientras el fútbol o el voleibol se juegan en cualquier rincón del país con recursos mínimos, el tenis encuentra un cuello de botella insalvable en su logística y economía, lo que limita su alcance social.
El equipamiento especializado, el costo del encordado, los viajes internacionales para competir en el circuito júnior y, sobre todo, la falta de infraestructura pública accesible, restringen este deporte a un sector muy reducido.
Salvo complejos estatales como la Videna, la inmensa mayoría de las canchas aptas para la alta competencia se concentran en clubes privados de Lima.
Para un niño de provincia o de un distrito periférico, la posibilidad de entrenar formalmente es una utopía. El centralismo y la brecha económica dictan las reglas mucho antes de entrar a la cancha.
Por ello, el trofeo levantado en Hamburgo merece el máximo respeto y celebración. Es un triunfo colosal de Ignacio Buse, quien llevó la bandera peruana a lo más alto del circuito internacional en un torneo de prestigio mundial.

Éxitos pese a las carencias
Pero este éxito no debe utilizarse para ocultar las carencias del entorno local. El tenis conmueve al país cuando un compatriota triunfa afuera, pero no representa la realidad cotidiana de sus ciudadanos ni la agenda de sus políticas de masificación deportiva.
La nota del fin de semana es la victoria impecable de un joven que desafió los pronósticos en Europa; la crónica de fondo, sin embargo, nos recuerda que el tenis en el Perú sigue siendo un privilegio de pocos.
