La historia que convirtió al lenguaje en una herramienta de erosión institucional
Rafael López Aliaga. La política, en su esencia más pura, es el arte de la mediación y el servicio. Sin embargo, en el Perú de hoy, esta definición parece haberse desdibujado bajo el peso de una retórica que prioriza el impacto emocional y la confrontación sobre el debate programático.
Desde el pasado 12 de abril, día en que las urnas dictaron una fragmentación evidente, la figura de Rafael López Aliaga ha estado en el centro de una tormenta de declaraciones que, lejos de buscar el consenso, han profundizado las brechas de un país ya lastimado por la polarización.
No se trata aquí de cuestionar la legitimidad de sus propuestas ni de situarlo como un enemigo ideológico. El análisis periodístico debe trascender la simpatía o el rechazo político para enfocarse en un hecho concreto: el uso del lenguaje como herramienta de erosión institucional.

Cuando un líder con aspiraciones de representar a la nación incurre en exabruptos constantes, el daño colateral no recae solo en sus adversarios, sino en la integridad misma de la política como vehículo de solución de conflictos.
Desde la misma tarde del escrutinio, el discurso del excandidato López Aliaga giró hacia el cuestionamiento sistemático del sistema electoral. Si bien la fiscalización es un derecho y un deber, sembrar dudas sin el sustento técnico que exigen las instituciones como la ONPE y el JNE genera un «pasivo negativo» difícil de subsanar.
La confianza ciudadana es un cristal delicado; una vez que se induce a la población a creer que el sistema es corrupto sin pruebas irrefutables, se está minando la base sobre la cual se sostiene cualquier futuro gobierno, incluido el propio.
A esto se suman las constantes alusiones despectivas hacia quienes cumplen roles fundamentales en la democracia: la prensa y los organismos de control.
Al cruzar la línea del respeto personal y profesional, el discurso deja de ser una crítica constructiva para convertirse en un ataque a la fiscalización. Para un servidor de la nación, la tolerancia a la crítica no es opcional, es una obligación constitucional. La integridad de un político se mide por su capacidad de sostener sus ideas bajo el fuego de las preguntas incómodas, no por su habilidad para descalificar al mensajero.
El costo social de estos exabruptos es incalculable. En un país con fracturas históricas entre lo urbano y lo rural, entre sectores conservadores y progresistas, las palabras que estigmatizan o excluyen actúan como agentes de segregación.
El discurso que divide al país entre «buenos y malos», o que utiliza epítetos agresivos para referirse a la diferencia, imposibilita el diálogo necesario para las grandes reformas que el Perú necesita. La brecha se ha vuelto tan inmensa que hoy, para muchos peruanos, el «otro» ya no es un compatriota con ideas distintas, sino un enemigo al que hay que anular.
Finalmente, es imperativo reflexionar sobre la responsabilidad del liderazgo. Un político que aspira a las más altas esferas del poder debe entender que sus palabras son contratos sociales. La integridad política no solo reside en la honestidad administrativa, sino en la templanza del carácter y el respeto a la dignidad del prójimo.
Rafael López Aliaga enfrenta hoy el reto de entender que el volumen de su voz no es proporcional a la razón de sus argumentos, y que cada exabrupto es un ladrillo más en el muro que lo separa de ser percibido como un auténtico servidor de todos los peruanos, y no solo de una facción.
El camino hacia la reconstrucción nacional no se pavimenta con insultos, sino con la humildad de reconocer que, en democracia, el respeto es la única moneda de curso legal que no se devalúa.

Epítetos y Términos Altisonantes
Mas allá de sus amenazas de que “no saben con quién se han metido” y que “va arder Troya” si la autoridad electoral no acoge su pedido de primero anular la totalidad de las elecciones o convocar a elecciones parciales en algunas mesas en la ciudad de Lima, en agendapais presentamos el consolidado de sus expresiones en el periodo del 12 de abril al 24 de abril de 2026.
- Ataque a la Institucionalidad y Sistema Electoral (6 términos)
En esta categoría, el discurso busca deslegitimar las bases de la democracia.
- «Fraude»: El eje central de su narrativa post-electoral.
- «Delincuente» / «Criminal»: Ataque directo a la integridad de Piero Corvetto (ONPE).
- «Cómplice de la mafia»: Diatriba lanzada contra Jorge Luis Salas Arenas (JNE).
- «Corruptos»: Generalización contra los plenos de los organismos electorales.
- «Lagartos»: Vínculo peyorativo para asociar a funcionarios con la gestión de Martín Vizcarra.
- «Estiércol»: Calificativo aplicado a la gestión de entidades públicas.
- Hostigamiento a la Prensa y Opinión Pública (7 términos)
Términos diseñados para anular la fiscalización y el análisis técnico.
- «Prensa mermelera»: Acusación recurrente de parcialidad por dinero.
- «Encuestas basura»: Descalificación de estudios de opinión desfavorables.
- «Científicos del engaño»: Burla dirigida a los directivos de Ipsos y Datum.
- «Vendedores de sebo de culebra»: Acusación de estafa dirigida a las encuestadoras.
- «Mermeleros de las encuestas»: Extensión del ataque a la prensa hacia el sector estadístico.
- «Difamadores»: Etiqueta para silenciar a columnistas y caricaturistas.
- «Baboso»: Insulto soez proferido contra un periodista en vivo.

III. Descalificación Personal y de Género (5 términos)
Expresiones que cruzan la línea de la integridad y los derechos fundamentales.
- «Borracha»: Estigma lanzado contra una periodista para restarle credibilidad.
- «Pobre diabla»: Condescendencia y desprecio hacia Dina Boluarte.
- «Mal nacido»: Agresión verbal extrema contra funcionarios del MTC.
- «Roberto Carlos»: El exabrupto más reciente (24 de abril); En el argot peruano, el nombre «Roberto» se utiliza como un código o «jerga» para referirse a alguien que roba (basado en la asociación fonética con el verbo robar). Por lo tanto, al llamar «Roberto Carlos» al congresista Sánchez, López Aliaga lo que hace es acusarlo criminalmente de ‘robar votos’, cruzando la frontera del debate político para entrar en la difamación y el prejuicio social.»
- «Soberbios»: Adjetivo para invalidar cualquier postura crítica de otros líderes políticos.
- Etiquetas Ideológicas y Sociales (4 términos)
Términos que profundizan la polarización social.
- «Rojos»: Reduccionismo para atacar cualquier postura de izquierda o centro-izquierda.
- «Caviares»: Muletilla retórica para estigmatizar a técnicos y académicos. 21. «Vagos»: Desprecio hacia la labor de los trabajadores del sector público. 22. «Pirañas»: (Mencionado anteriormente) para referirse a políticos en busca de cargos.
Este consolidado numérico sirve como prueba de que el discurso del señor López Aliaga no es episódico, sino sistémico, y que el costo de estas palabras erosiona la figura del servidor público al convertir el lenguaje en un arma de división nacional.

